La Inteligencia Emocional como ventaja competitiva
Tenemos que recuperar el optimismo, la confianza, el entusiasmo, así que no seré yo la que empiece un artículo describiendo la situación que estamos atravesando, y el por qué de la misma. Cuestión que, por otro lado, y a estas alturas de la corrida, ya es sabida por todos. O por casi todos, porque da la impresión de que algunos -curiosamente los que están a mayor nivel de responsabilidad-, todavía no se han enterado de la Misa la media.
Lo que abordaremos en este artículo es la importancia de desarrollar determinadas habilidades ligadas o basadas en los sentimientos y en las emociones. ¿Para qué? Para controlar mejor nuestras vidas, tanto a nivel personal como profesional, y poder afrontar con menor dificultad la adversidad que, como dice el profesor del IESE Santiago Álvarez de Mon, es una vieja y exigente maestra que a todos nos visita a lo largo de la vida.
Si no somos capaces de controlar nuestras emociones, tampoco seremos capaces de controlar nuestras vidas...y, por lo tanto, estaremos siempre a merced de nuestros impulsos.
Pensemos por un momento cómo serían nuestras vidas si no fuéramos capaces de controlar mínimamente nuestras emociones. ¿Qué sería de la relación con tu pareja? ¿Y con tu jefe? ¿Y la relación con tus padres, o con tus hermanos? ¿Con tus amigos?
Si no fuéramos capaces de controlar nuestros sentimientos las relaciones de pareja, por ejemplo, durarían lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. La rotación laboral aumentaría por el deterioro de las relaciones humanas. Y la familia dejaría de ser “la familia” para convertirse en un magnífico paradero mientras soluciono mi vida personal, cuando no una carga que hay que soportar si o si. Y es evidente que alguno de los ejemplos que acabo de citar, lejos de ser una mera suposición, empiezan a ser realidades con las que nos empezamos a topar con demasiada frecuencia.
Es claro que desarrollar el control de nuestras emociones -que implica mucho más que el autocontrol, como veremos a continuación-, puede sernos de gran utilidad. Máxime en el mundo en el que vivimos, porque el siglo XXI es el siglo de las emociones. Lo que se compra y se vende son emociones. Hoy ya no se venden velas. Se vende un ambiente, se vende relax. ¿Recuerdas el anuncio de BMW- Te gusta conducir? Aquel en el que solo vemos una mano por fuera de la ventanilla que planea contra el viento…¡que sensación! Y termina el anuncio sin enseñarnos el coche. Curioso. ¿Qué vende Volvo?, ¿y Ferrari?
Por lo tanto, en un mundo emocional todavía tiene más sentido aprender a manejar inteligentemente precisamente esto: nuestras emociones. Porque, además, aquellos que dominen esta materia, tendrán una ventaja competitiva sobre el resto. Tendrán ese valor añadido que al final marca la diferencia.
Cabría preguntarse por qué una cuestión de la que, en gran parte, depende nuestra felicidad, ni más ni menos, y que además supone una ventaja competitiva, no es objeto de estudio en los programas educativos. ¿Por qué no nos enseñan cómo vivir la vida y cómo ser felices?
Caben muchas respuestas pero, con toda probabilidad, una de ellas sería Lewis Terman.
Lewis Terman (1877) fue un psicólogo de la Universidad de Stanford considerado como el principal creador del test para determinar el Coeficiente Intelectual. Millones de personas han sido clasificadas mediante este tipo de test. La gente es o no inteligente, y por lo tanto llegará lejos o no. Esta forma de pensar todavía impregna amplias capas de nuestra sociedad.
Pero, un día, diversas investigaciones realizadas con estudiantes con un elevado Coeficiente Intelectual pusieron de manifiesto que no eran precisamente los que mayor éxito profesional y mayor satisfacción personal habían obtenido.
Se analizó entonces a las personas que se sentían más satisfechas consigo mismas, y que resultaban más eficaces en las tareas profesionales y personales que emprendían, y descubrieron que eran personas con una elevada competencia emocional. Es decir, las personas más felices, eras las más inteligentes emocionalmente.
Buen hallazgo. Pero todavía hay algo mejor: a diferencia del coeficiente intelectual, las competencias emocionales pueden entrenarse y mejorarse. Es decir, en tus manos está decidir cuan feliz quieres ser. Tu felicidad depende de ti. Si lo pensamos y rebuscamos en nuestra memoria… nada nuevo bajo el sol.
Pero, ¿cómo podemos aprender a ser inteligentes emocionalmente?
Entre otras, adquiriendo determinados hábitos emocionales que nos permitan dominar nuestros impulsos negativos y comprender los sentimientos de los demás. Y desarrollando determinadas competencias, entre las que Daniel Goleman (1947), psicólogo estadounidense considerado el padre de la Inteligencia Emocional, destaca la conciencia de uno mismo, el autocontrol, la motivación, la empatía, y las habilidades sociales.
Galileo Galilei (1564), filósofo, astrónomo, matemático y físico italiano, decía que la mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo. Bien, no sé si es la mayor sabiduría, pero conocerse bien es tan complicado como necesario. La conciencia de uno mismo es lo que nos permitirá controlar nuestros sentimientos y adecuarlos a las circunstancias de cada momento.
¿Y el autocontrol? No solo verbal, sino el emocional. Para hacer frente a las negativas con las que nos enfrentamos en nuestra vida, para superar y sortear las piedras que aparecen en nuestro camino. ¿Recuerdas aquello de “lo importante no es no caer, sino aprender a levantarse una y mil veces”? Que importante es la auto motivación y con qué frecuencia elegimos el camino fácil del conformismo no precisamente exento de quejas.
Y para finalizar, las habilidades sociales. Es frecuente pensar que la simpatía y el atractivo social es algo innato. Sin embargo, es algo que podemos desarrollar enormemente porque la voluntad y la constancia para adquirir determinados hábitos juegan un papel muy importante en este cometido. Y la voluntad es una cuestión de hecho, no una cuestión de fe.
En definitiva, y como se desprende de este artículo, cómo nos afecta emocionalmente lo que va sucediendo en nuestra vida está íntimamente ligado con cómo queremos nosotros que nos afecte. Y para esto tenemos la libertad para escoger inteligentemente el camino que nosotros queremos.
Decía Viktor Frankl (1905), psiquiatra austriaco que sobrevivió a varios campos de concentración nazis como Auschwitz y Dachau, que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino.
Así pues, comencemos a andar porque andando se hace el camino.
Alicia Grau Gumbau
Responsable de Comunicación del IVEFA.


